Nada más
bajar del minibús, nos adentramos por el sendero que lleva a la cantera.
Dejamos atrás las típicas construcciones en las que los indígenas guardaban sus
pollos durante la noche y abrimos bien los ojos.
Un
gigante, caído mientras se dirigía a la costa, nos observa impotente, sin poder
levantarse. Cabe imaginar la desolación de aquellos hombres al ver que su
trabajo había sido en vano.
En esta foto se aprecia mejor su
tamaño puesto que hay personas al lado.
La visita a la cantera discurre por unos senderos bien marcados, que nos llevan de un punto de interés a otro. Pasamos junto a muchos moai, semi enterrados, sin terminar, que observan el mar como una utopía inalcanzable.
La guía
menciona varios estilos, diferentes etapas de construcción, varios acabados,
pero lo cierto es que se sabe poco de esta cultura. Nosotros vagamos sin prisa
por la cantera, aprovechando los escasos momentos en los que sale el sol.
Hemos ido
por la mañana, pero tengo la impresión de que la luz de la tarde nos habría
ayudado más. Es el inconveniente de contar con poco tiempo, especialmente
cuando nos encontramos tan lejos de casa.
De
momento lo dejamos aquí; dentro de unos días continuamos con el recorrido.





















