jueves, 7 de febrero de 2019

Australia VI – Kata Tjuta – El valle de los vientos

Era nuestro tercer día en Australia, el segundo que pasábamos en el corazón rojo de este país tan grande, y aún teníamos las piernas fuertes como para enfrentar una caminata por entre las rocas de Kata Tjuta, también conocida como The Olgas, solo que yo prefiero el nombre aborigen, que me parece más sugerente y auténtico.




Se trata de una senda de unos siete kilómetros de largo, de los que cinco y medio son en circuito. Se puede hacer entre tres y cuatro horas, pero nosotros la recorrimos en tres y media, incluyendo frecuentes paradas para descansar, beber y hacer fotos. No es pues, tan dura como la pintan, aunque sí que hay alguna que otra subida.


La primera está al comienzo, y nos lleva al primer mirador, llamado Karu, después de caminar una media hora. A pesar de no ser demasiado tarde, la temperatura era ya elevada, aunque no tanto como para que cerraran el recorrido. Conviene, pues, madrugar, que luego el calor aprieta.




Recomiendan beber al menos un litro de agua por hora, y yo, que, por no cargar con más peso suelo beber a la vuelta, sí que me llevé un par de botellas. Cayeron rápido, porque además del calor influye la sequedad del ambiente. Así pues, llevad agua en abundancia, aunque basta con una botella grande (2 litros) puesto que hay sitios para rellenarla. Insisto: aquí el calor no es para tomarlo a broma.



La ruta es preciosa y se interna entre las cabezas de arenisca, ahora subiendo, ahora bajando, pasando por zonas más cubiertas de árboles y sombra y por otras más peladas, donde el sol nos castigaba. Incluso se atraviesan algunos cauces de agua, que hoy bajan como un torrente y mañana pueden haber desaparecido.




Las paredes lisas de la roca, expuestas al viento y al agua, tienen formas redondeadas. En ocasiones la senda desaparece y hay que trepar por ellas. Estábamos solos y apenas si encontramos una decena de personas en toda la mañana.




El otro mirador, llamado Karingana, está algo antes de la mitad del recorrido, y marca el punto más alto del circuito. Un cartel avisa de que la bajada está llena de rocas sueltas, pero a nosotros nos resultó fácil.


Quizás la segunda parte del recorrido, que atraviesa una zona más abierta, se me hizo algo pesada, pero cuando más temía a la subida final, resultó que los últimos dos kilómetros me parecieron cortos. Una brisa nos refrescaba cuando más falta hacía.







Como digo, por el camino se pueden rellenar de agua las botellas, algo que me vino muy bien, puesto que nunca había bebido tanta en tan poco tiempo. Aprovechamos la sombra y los bancos que había junto a la fuente para descansar un poco, con la excusa de fotografiar los pájaros que se posaban en un arbusto cercano.




El último tramo lo hicimos en un suspiro, completando así la parte circular, y el resto era ya terreno conocido. Llegamos a un aparcamiento prácticamente vacío de coches, bien por ser temporada baja, bien porque la mayoría de la gente se desplaza en los autobuses de los grupos organizados.



El caso es que aún nos quedaba por ver el Walpa Gorge, pero esa excursión, que en realidad es un sencillo paseo, os la cuento otro día