Aterricé a media
tarde, pero con el sol justo al otro extremo de la isla parecía que fuese a
anochecer de un momento a otro, así que sin soltar la maleta conduje hasta El
Tamaduste, un pueblecito que hay cerca del aeropuerto.
Sólo las nubes más
altas disfrutaban de los últimos rayos, el resto quedó a contraluz.
Incluyendo un mar
embravecido.
Un mar infinito.
O quizás no tanto.
Depende de hacia dónde miremos.
¿Nos llevará la
ola?
Una vista general
del pueblo, que corresponde a otro día, con algo más de luz.













