Nos embarcamos en Puerto Natales en el Crucero
Skorpios (al que dedicaré una entrada aparte porque estuvo de diez) y navegamos
durante la noche, alcanzando poco después de desayunar el primer glaciar del
viaje. Entonces aún teníamos la esperanza de que el “clima patagónico” mejorase
y esas nubes que cubrían el cielo se fueran. No hubo suerte y las fotos
salieron como salieron.
El Glaciar Amalia
forma parte del Campo de hielo Patagónico Sur, en la provincia chilena de
Última Esperanza, y está dentro del Parque Nacional Bernardo O’Higgings, un
área inmensa, aislada, remota y de difícil acceso.
Aunque
no lo parezca, su frontal mide tres kilómetros. Tiene 21km de largo, aunque
está en retroceso, como la mayoría de los glaciares en el mundo.
Nos dispusimos a
nuestro primer desembarco como si fuese el Día D. Abrigados hasta los dientes,
mientras la tripulación soportaba el frío estoicamente en mangas de camisa.
Al llegar a tierra
nos encontramos con un laberinto de témpanos abandonados por la marea al
retirarse. Algunos de ellos, pulidos por el agua, parecían de cristal.
Caminamos unos ochocientos metros entre piedras
cubiertas de musgo y líquenes. En algunas de ellas el viento había levantado la
fina cobertura vegetal como si se tratara de una alfombra (ver primera foto).
El paisaje es espectacular, y asistimos a algunos
derrumbes pequeños. El sonido se parece a un trueno, pero es el glaciar que se
resquebraja al avanzar.
El mismo cielo nublado que estropea las vistas nos
permite sacar mejores fotos del hielo. Éste es más azul conforme más presión ha
soportado.
Da igual cuántos glaciares se hayan visto, la
Naturaleza siempre impresiona y esta fue una buena forma de comenzar el
crucero.



















