viernes, 1 de septiembre de 2017

Tiburones blancos en Sudáfrica I

Esta es una entrada doble, ya que si aquí os cuento cómo fue la experiencia de encontrarme con tiburones blancos en Sudáfrica, en el otro blog desgrano un puñado de opiniones personales sobre estos magníficos animales. Sin que sirva de precedente, me gustaría que la leyeseis antes de comentar, aquí y allí.

Hacía muchos años que andaba detrás de esta aventura, algunos amigos  la habían hecho y todo el mundo me hablaba maravillas, pero por unas cosas o por otras, lo fui postergando hasta que este invierno decidí que tenía que hacerlo sí o sí.

Busqué el mejor sitio, Gansbaai, y la mejor época, el invierno austral, así que me llevé una enorme decepción cuando no vi ninguno en mi primera salida. Ya os contaré qué ocurrió esa mañana en otra entrada, pero el segundo y el tercer día me cancelaron las excursiones por mal tiempo. A mitad de mi viaje no había visto un solo escualo y estaba de los nervios, pensando que había malgastado tiempo y dinero.

Pregunté en el hotel si había algún otro sitio donde pudiera verlos, y así me vi el jueves – mi  cuarto día de viaje – levantándome a las cuatro y media de la mañana para llegar, después de tres horas de coche, a Mossel Bay. No las tenía todas conmigo, ya que la niebla nos acompañó hasta el amanecer y me temía otra cancelación.


Pero en Mossel Bay hacía un tiempo espléndido. Enseguida confirmé que me tenían apuntado para las dos salidas del día, aunque me costó un poco convencerles de que no se trataba de una reserva duplicada. Zarpamos cargados con la jaula y el cebo, unas cabezas de atún.




Antes de llegar al islote donde están las focas alguien de la tripulación gritó: ¡predation! Efectivamente, un gran blanco perseguía una foca que consiguió escapar.


Llegamos al islote, fondeamos, y empezaron a preparar la olorosa sopa para atraer los tiburones; aún estaban colocando la jaula junto a la borda del barco cuando empezamos a ver los primeros escualos.







La tripulación usaba el cebo para atraerlos junto a la jaula, y los animales lo mismo pasaban a su lado sin hacerle demasiado caso como se abalanzaban con fuerza, llegando a salir fuera del agua. Eran auténticos torpedos.




Más que hambre, mostraban curiosidad, sacando continuamente la cabeza del agua para observar a esos extraños animales de dos patas que habían ido a verlos desde un barco.


Esto no era óbice para que nos mostraran sus enormes bocas 
llenas de dientes afilados como cuchillas. Por mucho que digan que estas visitas turísticas no interfieren en su comportamiento habitual, lo cierto es que los animales están más excitados de lo normal debido a la presencia de sangre y de restos de pescado en el agua. Ya incidiremos sobre esto en otra ocasión.




Dicen que en Mossel Bay hay unos setenta tiburones habitualmente. Nosotros vimos seis por la mañana y siete – algunos repetidos – por la tarde. Se trata en su mayoría de ejemplares jóvenes, que miden entre algo menos de dos metros y cuatro. Están, por lo tanto, aprendiendo a cazar mamíferos y creo que se toman la llegada de los barcos cargados de cebos como un juego, un mero entrenamiento. Conforme crecen van abandonando la bahía en busca de otros lugares y presas.



Por supuesto, me metí en la jaula las dos veces. Estas fotos son capturas de los vídeos que hice y muestran lo cerca que estuvimos de ellos. Uno mordisqueó la jaula apenas a un metro de mí, mientras que otro se paseó delante nuestra con el cebo en la boca. ¡Impresionante!




Por la tarde, después de comer algo, volvimos a salir. El tiempo había cambiado y las nubes negras cubrían el cielo, pero el mar seguía en calma. La experiencia fue mejor si cabe, ya que no todo el mundo quiso meterse en la jaula, teniendo así más tiempo para disfrutarla.


Junto a nuestro barco, había otro en el que algunos científicos se dedicaban a marcar tiburones. Estaba haciéndoles fotos cuando unos gritos me hicieron dar la vuelta. No tuve tiempo de enfocar bien, pero un gran tiburón salía en ese momento del agua a pocos metros. El día tocaba a su fin y teníamos que volver.




Creo que la entrada es ya demasiado larga, de modo que lo dejamos aquí, pero estad seguros de que volveré a publicar sobre estos animales que tanto me gustan. Por motivos que explico en El corazón del escorpión, ha llegado el momento de defenderlos, y la mejor manera de hacerlo es así: dándoles a conocer a un gran público que solo los ve en las pantallas de los cines y que tiene una visión incompleta y sesgada.

martes, 22 de agosto de 2017

México XIV - Teotihuacán II

Ha pasado algún tiempo desde mi anterior entrada dedicada a este emblemático lugar, ya que aquella data de septiembre de 2010 (blog El corazón del escorpión), una muestra más de cómo pasa el tiempo. Ya hace más de once años de mi primera visita a México.

Os contaba entonces algunas generalidades; hoy nos centramos en los principales monumentos y dejaremos algo para una tercera entrada (espero que no haya que esperar otros siete años).

Las vistas desde la Pirámide del Sol son espectaculares. No en vano, hemos ascendido unos cuantos escalones. Es el mayor edificio de Teotihuacán y el segundo de toda Mesoamérica, tiene 71 metros de alto y fue construida en dos fases en los primeros siglos de nuestra era. El nombre se lo dieron los aztecas, desconociéndose el original. Aún hoy se siguen descubriendo túneles bajo ella que quizás puedan aclararnos cuál era su función.






Pero además de ver los monumentos desde fuera, merece la pena visitar los diversos museos y palacios, para aprender algo más de esta fascinante cultura.

La obsidiana es un vidrio de origen volcánico traído de los yacimientos ubicados en la Sierra de las Navajas, el Valle de Tulancingo, en Hidalgo y de las inmediaciones de Otumba. En la fabricación de objetos se utilizaron dos técnicas, una de percusión, que consiste en golpear la pieza con un objeto de mayor dureza, de manera que se obtengan lascas, y otra de presión sobre los bordes para darle el toque final. Podían servir de herramientas o tener un propósito meramente decorativo.


También se utilizaron otros materiales, como la cuarcita, el pedernal o el basalto. Muchos símbolos nos resultan aún desconocidos, sin que ello les reste encanto.





Una maqueta nos da una idea del complejo.


Regresamos al exterior, en esta ocasión para subir a la pirámide de la Luna, que a pesar de ser mucho más pequeña tiene unas dimensiones más que respetables. Se trata de uno de los edificios más antiguos del grupo y tiene 45 metros de alto. Parece que nos toca subir otra vez.




Un descanso para admirar las vistas y seguimos subiendo. La mole de piedras es colosal.




También hay otras pirámides más pequeñas, flanqueando la calzada de los Muertos.


Es mucho lo que se ignora de esta ciudad, pero las diversas excavaciones van arrojando algo de luz. Sabemos, por ejemplo, que la ciudad ya estaba en ruinas cuando llegaron los mexicas, y que había tenido su máximo esplendor entre los siglos III-VII d.C. Se estima que la ciudad, en la que vivían entre cien y doscientos mil habitantes, ocupaba un área de 21 kilómetros cuadrados.

Volvemos a subir al coche para dirigirnos al otro extremo de la zona arqueológica, donde encontramos la ciudadela y la pirámide de la Serpiente Emplumada, descubierta en 1920.



Como os decía al principio, volveremos para echar un vistazo a un par de palacios y museos. Así mismo, en Wikipedia podéis encontrar más información que no he querido poner aquí para no duplicarla.