A pesar de
las muchas horas de vuelo hasta San Francisco, y aprovechando que habíamos
aterrizado a una hora muy decente, recorrimos los primeros kilómetros del viaje
con la vista puesta en este lago, primera de las atracciones turísticas que
teníamos pensado ver.
Íbamos sin
reserva, pero nos fue fácil encontrar un motel en la localidad del mismo
nombre, por lo que a la mañana siguiente estábamos listos para dar la vuelta al
lago.
Ya el
primer punto, la bahía Esmeralda, es uno de los más bonitos.
Desde
allí, en sentido de las agujas del reloj, fuimos pasando por varias poblaciones
minúsculas, ya que en realidad los edificios están esparcidos por toda el área.
Playas de arena se alternaban con otras de piedras y con pequeños puertos
deportivos.
Era
domingo y había mucha gente, en su mayor parte locales que acudían para
refrescarse en aquel cálido día de junio. Nos costó encontrar dónde comer y los
precios nos parecieron demasiado caros.
Pero el paisaje
era bonito, y el color del agua invitaba a darse un baño, cosa que no hicimos,
ya que teníamos mucha carretera por delante hasta Yosemite. Sí que nos
detuvimos en varios miradores, e incluso caminamos un poco bajo un sol de
justicia.
Habíamos
leído que las frecuentes sequías habían afectado al lago, pero aun así nos
gustó mucho el lugar, y el desvío mereció claramente la pena.
















