sábado, 18 de enero de 2014

Chile - Glaciar Amalia

Nos embarcamos en Puerto Natales en el Crucero Skorpios (al que dedicaré una entrada aparte porque estuvo de diez) y navegamos durante la noche, alcanzando poco después de desayunar el primer glaciar del viaje. Entonces aún teníamos la esperanza de que el “clima patagónico” mejorase y esas nubes que cubrían el cielo se fueran. No hubo suerte y las fotos salieron como salieron.



El Glaciar Amalia forma parte del Campo de hielo Patagónico Sur, en la provincia chilena de Última Esperanza, y está dentro del Parque Nacional Bernardo O’Higgings, un área inmensa, aislada, remota y de difícil acceso.

Aunque no lo parezca, su frontal mide tres kilómetros. Tiene 21km de largo, aunque está en retroceso, como la mayoría de los glaciares en el mundo.


Nos dispusimos a nuestro primer desembarco como si fuese el Día D. Abrigados hasta los dientes, mientras la tripulación soportaba el frío estoicamente en mangas de camisa.



Al llegar a tierra nos encontramos con un laberinto de témpanos abandonados por la marea al retirarse. Algunos de ellos, pulidos por el agua,  parecían de cristal.





Caminamos unos ochocientos metros entre piedras cubiertas de musgo y líquenes. En algunas de ellas el viento había levantado la fina cobertura vegetal como si se tratara de una alfombra (ver primera foto).





El paisaje es espectacular, y asistimos a algunos derrumbes pequeños. El sonido se parece a un trueno, pero es el glaciar que se resquebraja al avanzar.








El mismo cielo nublado que estropea las vistas nos permite sacar mejores fotos del hielo. Éste es más azul conforme más presión ha soportado.




Da igual cuántos glaciares se hayan visto, la Naturaleza siempre impresiona y esta fue una buena forma de comenzar el crucero.

lunes, 6 de enero de 2014

Ahu Akivi

Los ahus son plataformas sobre las que los rapa nui erigían los moái, las figuras que representan a sus antepasados. Estas estatuas, talladas en la piedra volcánica que obtenían de la cantera del volcán Rano Raraku, eran transportadas, sin que se sepa exactamente cómo hasta la costa y colocadas mirando hacia el interior de la isla, con el objetivo de que protegieran a los habitantes de la tribu. Normalmente, los moái varían en peso y tamaño incluso aunque estén sobre la misma plataforma.

Ahu Akivi es diferente.


Para empezar está en el interior de la isla, a más de dos kilómetros de la costa. Los siete moái, de tamaño muy similar miran además hacia el océano, y están alineados de forma que dan la espalda al amanecer en el equinoccio de otoño y miran la puesta de sol en el equinoccio de primavera. Esta alineación no es casual ya que en torno al 1500 dC se estableció aquí un observatorio astronómico.




La plataforma fue construida en dos etapas. La primera durante el siglo XVI consistió en levantar un ahu rectangular de unos 25 metros de largo y un crematorio cercano. En una segunda fase, ya en los primeros años del siglo XVII, se creó una rampa y se erigieron los siete moái al tiempo que se instaló un segundo crematorio.


Según la tradición oral, el dios Make-Make se apareció en sueños al sacerdote Hau-Maka para hacerle saber que el rey Hatu Matu’a tendría que viajar con su pueblo hacia una nueva tierra aún por descubrir. El rey envió primero a siete exploradores que le esperaron hasta su llegada en dos canoas dobles a la actual Anakena. Este es el motivo de que los moai miren hacia el mar en vez de hacerlo hacia el interior.

Hatu Matu’a repartió la isla entre su familia, dando origen a las diferentes tribus que habitarían la isla.




Este ahu, como todos después de las luchas internas, estaba destruido. Lo que vemos hoy es el resultado de una restauración llevada a cabo en 1960 por el arqueólogo estadounidense William Mulloy y su equipo.