Me vais a permitir una entrada más sobre este magnífico parque antes de hacer de las maletas en busca de otro destino.
Dejamos atrás la elegancia y la esbeltez de los guepardos para fijarnos en otro animal mucho más grande y pesado. Si por la mañana tuvimos el sol de frente, ahora se encuentra a nuestra espalda. Son las primeras horas de la tarde y la luz se refleja en un cielo con algunas nubes.
Una manada de elefantes se mueve despacio entre las acacias, arrancando grandes manojos de hierba con sus trompas y colmillos. Los hay de todos los tamaños, y unas cuantas crías corretean entre ellos, protegidas siempre por sus mayores. Parecen tranquilos y felices.
Están muy cerca, pero parece que van a lo suyo y que nos ignoran. Deben estar más que acostumbrados a las hordas de turistas. Los vemos pasar junto a los jeeps y somos conscientes de que podrían aplastarnos si quisieran.
Pero estamos demasiado ocupados, mirando a izquierda y derecha, sin querer perdernos nada, como para pensar en peligros. Es un espectáculo demasiado hermoso y los guías saben lo que hacen y se quedan a una distancia prudente.
Algunos se acercan tanto que nuestras miradas se cruzan por unos instantes.
Nos consta que hay otros parques en África con más elefantes, pero como es nuestro primer viaje estamos extasiados. Mejor así, mejor ir de menos a más.








