Esta vez no son muy bonitas, pero es que estuve encerrado en un hotel casi todo el tiempo. Ya os compensaré.
Teníamos una excursión planeada para el domingo por la tarde, único momento en el que disponíamos de tiempo libre, pero hacía mal tiempo y nos la cancelaron. Un paseo por la ciudad hizo de sustituto improvisado.
Teníamos una excursión planeada para el domingo por la tarde, único momento en el que disponíamos de tiempo libre, pero hacía mal tiempo y nos la cancelaron. Un paseo por la ciudad hizo de sustituto improvisado.
Vimos una bandera de España y nos acercamos curiosos. Se trataba de un restaurante español llamado Pepín, con toda la parafernalia de tapas y espectáculos flamencos.
Un poco más allá llegamos a un parque, donde estaban rodando este extraño anuncio; miedo me da pensar en el producto.
El parque no tenía mala pinta, pero era muy pequeño.
Allí los restaurantes son de un solo tenedor. Eso sí, las raciones son abundantes.
Nuestro hotel era más bien un resort, con habitaciones adosadas, muy desperdigadas.
Estaban tan distantes unas de otras que te llevaban las maletas en carritos de golf. Al llegar te dan un plano para que no te pierdas y las distancias asustan.
A mí no me habría importado montar en un Mustang, que además de modelo de coche, es como se llama a los caballos salvajes en Norteamérica.
Me habría apañado incluso con un Lamborghini.
Aunque también los había más modestos.
Pero no, al final me conformé con leer un poco en mi terraza durante los ratos libres, entre reunión y reunión.






















