No creo que fuese
fruto de la casualidad, sino de la buena organización. El caso es que diez
minutos después de bajar del tren zarpaba mi barco destino a Lucerna. Apenas
tuve tiempo de darme una vuelta por el embarcadero de Vitznau, donde la gente
leía o tomaba el sol.
Una cosa buena es
que en la estación de Zug te venden todos los billetes juntos, así que sólo hay
que ir enseñándolos conforme los van pidiendo, así te evitas tener que hacer
colas en las taquillas o las máquinas.
La travesía por el
lago fue estupenda. Ya podéis ver el sol que hacía y lo tranquilas que estaban
las aguas. En cuatro ocasiones nos acercamos a la orilla para recoger a otros
pasajeros.
Las
colinas están plagadas, eso sí, de pequeñas casas de amplios ventanales.
A menudo nos
cruzamos con algún velero.
En las películas de
vaqueros se ataban los caballos a la entrada del saloon. Aquí atracan las
lanchas de forma parecida mientras se toman un spritz al borde del lago.
El lago se abre ante nosotros. A la derecha observamos
algunas mansiones. Una tiene incluso una pequeña iglesia de estilo neogótico.
¡Será por dinero!
Los cisnes nos anuncian la proximidad de Lucerna.
Hace una semana llegué en tren y recorrí sus calles.
Hoy lo hago en barco desde el otro lado del lago. Bueno, no me importa repetir.
Ya sé dónde me voy a tomar una cerveza con unas salchichas.
Esta zona del lago
bulle de actividad. Los barcos van y vienen como si fuesen autobuses. Una vez
en tierra me dirijo hacia el puente de la capilla.
La Rathaus Brauerei
me espera con su cerveza especial, la mejor que he tomado hasta ahora en Suiza.
Luego, otro tren
camino a Zug y a casa a descansar.






















