Éramos unos recién llegados a la
India y sólo habíamos pasado una noche en un hotel bueno, pero funcional, en
Delhi cuando llegamos a Mandawa, una pequeña población en la que tuvimos las
primeras pinceladas de exotismo.
Nos llevó más de cinco horas recorrer
los 300 km, ya que en la India no es prudente correr demasiado, bien por el
intenso y alocado tráfico, bien por los animales que se puedan cruzar en la
calzada.
Esa
noche, íbamos a alojarnos en un antiguo fuerte, un palacio más bien, que había sido dividido en dos. Mientras
una mitad estaba abandonada a su suerte, habían acondicionado la otra como un
hotel de lujo, el primero de una cadena, en 1978.
Estamos en la parte noroeste de la
India, no demasiado lejos de la frontera con Pakistán, en una región semi-árida
conocida como Shekhawati, y dedicamos la tarde a visitar la población, justo
antes del ocaso.
Otro día
os enseño Mandawa, porque hoy nos centramos en este palacio de casi trescientos
años de antigüedad (construido en 1755).
Pasillos
y más pasillos, con una decoración recargada pero preciosa nos condujeron a una
habitación inmensa que se encontraba al final del edificio.
Una
mosquitera nos protegía de bichitos como el que estaba posado en el marco de la
puerta (se puede comparar con el dedo de mi valiente amiga…)
A la
mañana siguiente, camino del desayuno, atravesamos varios patios y salones.
Observamos
la piscina desde lejos, sin tiempo para disfrutarla. Me pregunto si llegará un
día en el que deje de ser turista para convertirme en viajero y pueda disponer
de más tiempo.












