La mayoría
de los que van al Parque de Torres del Paine lo hace con la idea de escalar, o
cuando menos hacer largas caminatas que ocupan varios días, pero nosotros
buscamos excursiones más acordes con nuestra forma física, como ésta que os
traigo hoy.
Después
de varios días nublados amaneció con unas Torres limpias de nubes, aunque la
Laguna Amarga no estaba por la labor de regalarnos su reflejo.
Un guanaco
vigilaba en lo alto de un cerro mientras entrábamos en el parque.
Comenzamos
a caminar bajo un cielo limpio de nubes, disfrutando de esta maravilla natural
en completa soledad.
El suelo
estaba plagado de huesos blanqueados por el sol, y es que los pumas abundan por
esta zona.
Nos
acercamos a una pequeña cueva, un abrigo en realidad, donde pudimos ver algunas
pinturas en la roca.
Desde allí
iniciamos el regreso, con el Lago Sarmiento al fondo.
Además de
los guanacos, que nos miraban como si fuésemos extraterrestres, encontramos
algunos gansos magallánicos como esta pareja y algunas aves más pequeñas.
Desde la
ventana de nuestra habitación, justo al otro lado del cristal, una liebre se
refugiaba del viento. Daban ganas de invitarla a entrar, para que disfrutara
con nosotros de las comodidades del hotel.
De
madrugada, aproveché para sacar esta foto nocturna.
Torres
del Paine es el paraíso.





















