Habíamos aterrizado
en Córcega la tarde anterior y sólo habíamos tenido tiempo de llegar a
Bonifacio para pasar la noche, así que el Fuerte de Arragiu era nuestra primera
excursión.
Menos
mal que la cogimos con ganas, porque después de una señal de que el camino
empieza a 20 metros ya no hay ninguna más, y la subida se las trae, más aún con
el sol apretando sobre nuestras cabezas.
Parábamos de vez en cuando con la excusa de admirar el
paisaje, cuando en realidad teníamos el corazón en la boca. Son 200 metros de
desnivel que se recorren en media hora si estás en forma. Nosotros tardamos
algo más.
Fue una cuestión de fe, de seguir adelante sin importar
la falta de señalización, hasta llegar casi a la cima, donde se encuentran los
restos de este fuerte del 2000 a.C.
Una vez allí nos dispusimos a disfrutar de las vistas,
con el Mediterráneo (el golfo de Porto Vecchio) al fondo, y a explorarlo en
profundidad. El emplazamiento es idóneo para controlar una amplia zona, ya
fuera por la caza o por motivos de defensa.
Está bien conservado, pero para unos neófitos como
nosotros es imposible distinguir qué es original y qué ha sido reconstruido. El
fuerte engloba varias habitaciones y los muros llegan a los cuatro metros de
alto.
Conociendo el
camino y la distancia, la bajada fue más fácil y la Coca Cola que nos tomamos
en el bar que hay al comienzo del camino nos supo a gloria.
Parte
de la información proviene de “Corse des origine”, una guía arqueológica.
