jueves, 25 de agosto de 2011

La Cruz del Cóndor

Puede que hasta ahora haya tenido suerte con mis viajes, puede que sea fruto de mi mentalidad, pero de este día en tierras peruanas recuerdo la emoción de ver volar los cóndores a pocos metros sobre mi cabeza, y he olvidado las largas horas de autobús, los baches y el polvo.


Asimismo, también quedaron atrás esos guías aprovechados que recortaron la visita para regresar a Arequipa un par de horas antes. Claro que eso no lo supe hasta después. En cualquier caso, fue una excursión inolvidable.

Otro día os contaré cómo llegué hasta Chivay. El caso es que nos encontramos al sur del país, cerca de Arequipa y de la Reserva Nacional de Salinas-Aguada Blanca. Una vez más nos hacen madrugar, porque los cóndores aprovechan las corrientes de aire caliente de la mañana para elevarse y ya no regresan hasta por la tarde, así que allá vamos, todos en procesión hacia la Cruz del Cóndor mientras el paisaje pasa veloz detrás de nuestra ventana.




El Cañón del Colca es uno de los más profundos del mundo, con paredes que miden entre los 3600 y los 4100 metros. De hecho, cada vez es más profundo por la elevación progresiva de los Andes y la erosión del río Colca.

Es el doble de profundo que el famoso Gran Cañón estadounidense, pero sus paredes no son tan verticales, así que es difícil apreciar la altura a la que se está. Los colcas que dan nombre al río eran pequeños almacenes utilizados por los incas y otros pueblos precolombinos para guardar sus cosechas, principalmente patatas, quinua y otros cereales.

Los primeros cóndores que vemos están apostados en lo alto del cañón, esperando a que el aire se caliente para elevarse. Nosotros estamos bien cerca sin que nuestra presencia parezca afectarles.




En pocos sitios del mundo se puede disfrutar de ellos viéndolos volar desde arriba.



Con una envergadura de tres metros – sugiero que comprobéis cuánto es eso con un metro – se parecen a un avión que se aproxima en vuelo rasante y que pasa sobre nuestras cabezas.

 



Vuelan más rápido de lo que parece y se escapan del encuadre al menor despiste. Lástima que mi teleobjetivo no fuera gran cosa. La próxima vez tengo que subir un poco más el ISO.




Finalmente, ganada la altura necesaria para planear, se van en busca de comida. Nosotros también regresamos, pero antes nos detenemos un par de veces para observar las terrazas donde aún hay cultivos de los Collaguas, un pueblo que habla aymara, y los Cabanas que hablan el quechua.

Los encontramos atendiendo cantidad de pequeños puestos a lo largo de la ruta en los que se vende siempre lo mismo. Les acompañan las inevitables alpacas, de pelo tan suave que dan ganas de acariciarlas

Tampoco faltan los niños, que me hacen pensar si no estarían mejor en un colegio. Incluso aquí me cuesta desprenderme de mis ideas de primer mundo. Creo que vivir de las dádivas del turismo es pan para hoy y hambre para mañana.





Son muchas horas de viaje por carreteras polvorientas, pero uno se queda con la sensación de haber visto algo único, irrepetible. Se puede hacer en un día, pero yo recomiendo hacer una noche y amanecer más cerca de este mirador.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Las Tablas de Daimiel II

Hace aproximadamente un año publiqué la primera entrega sobre este parque nacional español. Las fotos de entonces correspondían a las primeras horas de la mañana, cuando el cielo estaba azul. Las de hoy muestran cómo la tormenta se nos va echando encima.


Supongo que recordáis las pasarelas que se han construido para proteger este humedal del centro de la Península.

Pasarelas que atraviesan los carrizos y que parecen no tener fin.



Estamos recorriendo la ruta principal, los fotógrafos antipáticos han tomado otro camino y aún es pronto para el resto de turistas.



A mí me siguen fascinando los reflejos.



Llegamos a la parte más alejada del parque, al menos dentro de la zona que se puede visitar y nos encontramos con un bosquecillo de tarays, una planta de hoja caduca característica de este parque que suele encontrarse en las riberas de aguas salobres.




Camino de regreso conseguimos divisar un par de patos colorados, las pocas aves que se dejarían ver en libertad en todo el día. No en vano, como ya dije en la otra entrada, los acuíferos subterráneos están dañados y sólo hay agua cuando las lluvias son intensas. Las aves ya no vienen como antaño.


Os dejo con algunas vistas más del parque, bajo un cielo ya cubierto que no tardaría en descargar una buena lluvia sobre nosotros.