jueves, 30 de septiembre de 2010

Nueva Zelanda IV: Abel Tasman NP I

Tengo un amigo más viajero que yo (a todo hay quien gane) que es como una especie de avanzadilla. En realidad mi comportamiento es algo parasitario, él visita países nuevos y luego voy yo, aprovechándome de sus conocimientos y ahorrándome las malas experiencias.

Nueva Zelanda no fue una excepción.

Me dijo que tenía que ir al Parque Nacional de Abel Tasman, en la punta norte de la isla del sur. El procedimiento es muy sencillo: por la mañana te lleva en barco hasta una playa que tú has elegido previamente y por la tarde te recogen en otra, también designada por ti, a una hora determinada y después de una caminata.

Lo primero que pensé es que yendo solo me perdería y que me comerían los lobos. Bueno, más bien las ovejas, porque en Nueva Zelanda no hay depredadores terrestres. Pero mi amigo insistió e insistió. Menos mal que le hice caso, porque si no, me habría perdido esto que viene a continuación.

Allí estaba yo, la tarde anterior, disfrutando de una magnífica playa y admirando las casas de alrededor. Ya tenía en la mano los billetes para el día siguiente. Como podéis apreciar se trata de un lugar muy estresante.



¡Zarpamos! Hay algunas nubes, pero desaparecerán pronto.


La travesía está plagada de playas cada vez más apartadas y salvajes, que vamos dejando atrás.

¿Será ésta la nuestra? Nah.

La vegetación de la costa cambia y se hace más tropical.

El color del agua también nos sorprende en estas latitudes.



Playas de arena blanca sólo accesibles por mar y rodeadas por una vegetación exuberante..


Poco a poco, el barco va abandonando a los Robinsones por un día. Esta otra playa tampoco estaba mal. Se llama Totaranui y es más larga que las otras.



Atracamos para dejar a otros cuantos y nos damos una vuelta por la arena.

Los más rápidos marchan en dirección sur. Otros suben a un taxi.



¡¡¡Esperadme!!! Eh, tú, que esta no es tu playa, que aun tienes que continuar viaje.

(más en el acostumbrado par de semanas)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Machu Picchu II



En enero pasado os traje la primera entrega, centrada en los aspectos históricos del descubrimiento. Hoy nos acercamos a lo que supuso para mí el encuentro con este icono universal.

Son muchos los que deciden hacer un día de excursión desde Cuzco, pero nosotros, sin tiempo ni fuerzas para hacer el Camino Inca, queríamos aprovechar al máximo esta experiencia, así que después de recorrer el Valle Sagrado en un circuito decepcionante, nos quedamos a dormir en un hotel estupendo que sólo dista una hora de Aguas Calientes.

De esta forma, pudimos tomar uno de los primeros trenes de la mañana. Éramos cuatro, con todo el vagón panorámico para nosotros. El camino en sí merece la pena, ya que se atraviesa una parte de la selva; la emoción del momento hace lo demás.





Desde Aguas Calientes hay que subir en autobús, por una pista de tierra que serpentea por la ladera de la montaña (se ve en la foto siguiente) y que no es apta para cardiacos. Mejor pensar que los conductores saben lo que hacen. El viaje lleva media hora, y los autobuses salen de continuo.


Una vez arriba, hay un restaurante donde repondríamos fuerzas a mediodía, pero antes hicimos una visita guiada las ruinas. La primera visión es la de unas cabañas que han sido reconstruidas.


Algo después fuimos descubriendo las terrazas donde se cultivaban los alimentos, aunque algunos creen que su función era más bien la de soportar el peso de la ciudad. También encontramos la conocida Caseta del Vigilante, envuelta en nubes.



El lugar se va llenando de gente, pero es tan grande que no hay agobios.



Las ruinas son impresionantes. Es mucho lo que se desconoce y hay pocas esperanzas de que la verdadera historia salga a la luz, pero ahí están, para que podamos disfrutarlas.


Aunque el sol intentaba salir, las nubes no se lo pusieron fácil en todo el día.




Si bien hay algunas escaleras que son empinadas, el acceso a la mayor parte del recinto es apto para todos los públicos.


Un amigo nos había recomendado quedarnos a dormir en Aguas Calientes, porque a partir de las tres de la tarde la gente comienza a marcharse, y quedamos sólo unos cuantos. Por desgracia, las nubes decidieron acompañarnos.





Los grupos van desapareciendo, y el silencio invade el lugar. Incluso la piedra Intihuatana se había quedado huérfana de visitantes. Verlo así, casi en privado, es un lujo que no deberíais desdeñar.



Es el momento de subir a la Casa del Vigilante, para sacar la típica foto. Como veis, no tiene nada que ver con una que circula por Internet con la supuesta cara de un indio.