martes, 31 de agosto de 2010

El Hierro III: Charco Manso

Hace mucho que no volvemos por la isla de El Hierro, así que he pensado llevaros hoy a Charco Manso, que de manso sólo tiene el nombre. La carretera ofrece bonitas vistas mientras serpentea colina abajo hacia la costa.




Abajo del todo termina en un pequeño aparcamiento desde el que hay que caminar un poco.


Me gustaría ver a Fernando Alonso negociando esta curva.



La lava, el color del agua; lástima que esté tan fría.





Una pequeña calzada de los gigantes, a escala de la que hay en mi querida Irlanda.


Lava y agua conviven, aunque no de forma pacífica.








El sol tarda en elevarse. Sus rayos no alcanzan esta zona de la isla hasta bien avanzado el día.


Son muchos los arcos de roca que podemos ver mientras recorremos la costa.






También hay un par de piscinas naturales para los más valientes.




El agua ataca con violencia, surgiendo justo ante nuestros propios pies. Es mejor estar atento porque no hace prisioneros.








El agua se cuela implacable por todos los resquicios.

lunes, 16 de agosto de 2010

Kew Gardens III


Esta entrada complementa a otras dos que publiqué hace tiempo: aquí y aquí. Ya sabéis que acostumbro revisitar los sitios que me gustan (al menos virtualmente), y el Jardín Botánico de Kew es uno de ellos. Las fotos corresponden a una visita que hice en octubre de 2008.




Como ya hemos echado un vistazo general al jardín y nos hemos dado una vuelta por el interior del Palm House, hoy nos vamos a centrar en el pabellón dedicado a los nenúfares.





El pabellón no es muy grande, y está dominado por un estanque central donde se mecen nenúfares de más de un metro de diámetro.







Tampoco faltan los pequeños detalles, como estas flores que se asoman al agua.





La cubierta es la típica de hierro fundido y cristal que podemos admirar a lo largo y ancho de este hermoso jardín botánico.


El sol de la tarde nos recordaba que era momento de regresar al hotel. Yo espero rescatar aún alguna otra serie de fotos para una última entrada.

domingo, 1 de agosto de 2010

Las Tablas de Daimiel I

Nunca fue tan cierto el refrán de que a quien madruga, Dios le ayuda como en aquella mañana de domingo. Nos habíamos levantado a las seis, para recorrer los ochenta kilómetros que dista Daimiel de Ruidera y llegar a tiempo de ver amanecer.

Eso nos salvó, porque luego llegaron las hordas de domingueros, un cielo gris sin ningún encanto y la lluvia insistente. Pero para entonces ya teníamos nuestras tarjetas llenas.

Nada más llegar nos encontramos con un par de antipáticos fotógrafos, cuyos objetivos, que estaban apoyados en el suelo, alcanzaban mi ombligo. Les preguntamos por dónde era conveniente ir para sacar paisajes, pero debieron pensar que íbamos a seguirles, espantando a las aves, porque contestaron con evasivas.

Así que tomamos el circuito principal, yendo a nuestro aire, fiándonos de nuestro olfato y con los primeros rayos de sol a nuestra espalda.


La luz todavía era escasa y apenas alcanzaba a iluminar unas pocas nubes reflejadas en un agua aún dormida.




El Parque Nacional de Las Tablas de Daimiel se ubica en la provincia de Ciudad Real, al sur de Madrid. Es un lugar de especial riqueza ecológica, una estación de paso para multitud de aves que emigran entre Centroeuropa y África.

Por desgracia, la sobreexplotación de sus acuíferos por una agricultura excesiva está esquilmando este ecosistema. El Guadiana y el Cigüela no dan a basto para reponer unos niveles de agua que se han ido acumulando durante milenios.

Es por ello por lo que había retrasado tanto la visita a este parque. Pero después de las persistentes lluvias de este invierno decidimos que era el mejor momento para ir.
No nos engañemos, lo que vemos es un espejismo que ya habrá desaparecido con los calores del verano. El nivel de la capa freática está dañado y sólo con una protección continuada podrá recuperarse.

La visita al parque está muy bien organizada, por una red de pasarelas que son accesibles a todas las edades y condiciones físicas. Podemos observar desde ellas la tranquilidad del agua y los carrizos recién levantados.



Un paisaje espectacular para una mañana de domingo.


De vez en cuando, el sol se asoma entre las nubes y nos da una alegría.




El camino es ancho, llano y liso, libre de obstáculos y, de momento, de gente. Tenemos el parque para nosotros solos.





Al final de algunas pasarelas hay observatorios desde los que divisar las aves. Otras serpentean entre los carrizos.




Yo iba a la caza de los fotogénicos reflejos en el agua.



Pasarelas y nubes cada vez más negras.




¿Y las aves?

Apenas vimos tres o cuatro de ellas en libertad. Parece que nadie les había dicho que este año había agua y que tardarán en volver como antaño. Nosotros hubimos de conformarnos con las que había en la laguna de aclimatación.

Para verlas sólo tenéis que acceder al encantador blog de Abedugu, llamado Naturaleza Maravillosa, un remanso de paz en el que fauna y flora son siempre protagonistas.