jueves, 26 de abril de 2012

Roma I - Museos Capitolinos

Vamos a darnos una pequeña vuelta por la capital de Italia para culturizarnos un poco, que falta nos hace. Roma tiene muchísimo que ver, y por mucho tiempo que le dediquemos a esta ciudad siempre será insuficiente.

Empezamos en los alrededores del Foro de Trajano, visitando la iglesia de Santa María de Loreto, que está junto a la columna de Trajano. Como es habitual en las iglesias de Roma, el interior es una maravilla que está plagado de detalles.







Si miramos hacia el otro lado veremos este inmenso pastel de boda (así lo llaman) que es el Monumento a Vittorio Emanuele II.


Nuestro destino es la Plaza del Campidoglio para visitar los Museos Capitolinos. Allí nos encontramos con la loba que alimentó a Rómulo y Remo, así como con otras obras famosas que quizás recordemos de nuestros libros de texto.




El museo está en un palacio y sólo por ver el edificio ya merece la pena entrar.


La estatua de Marco Aurelio que hay en la plaza es una copia, el original podemos verlo dentro del museo.



Nubes de tormenta cubren el cielo por la tarde, pero nosotros pasamos por un pasadizo subterráneo que hay bajo la plaza hacia el otro edificio. Allí nos encontramos con el famoso Galo moribundo, que han colocado en el centro de una estancia para que se pueda ver bien desde todos los ángulos.



Para cuando salimos a la calle, las nubes han desaparecido y nos sorprende un cielo azul.


Si llegáis a Roma a media mañana esta es una buena opción para una primera toma de contacto con la ciudad.

martes, 10 de abril de 2012

Varanasi I - Amanecer

Lo habíamos planificado con sumo cuidado: tomar un tren a las ocho y media de la tarde en Tundla, cerca de Agra, dormir durante el viaje y llegar a Varanasi a las cinco de la mañana para ver el amanecer desde el Ganges.
Pero salimos con trece horas de retraso, y en lugar de nueve de trayecto fueron catorce.  Nuestro amanecer quedó envuelto en la niebla de una estación de pueblo en la que se amontonaban viajeros, pedigüeños y vendedores ambulantes. La espera fue exasperante. Los trenes pasaban cansinos a nuestro lado, abarrotados de gente. El siguiente ya es el vuestro, nos decían; así durante horas y horas.
Menos mal que en un ataque de previsión habíamos reservado un compartimento para nosotros solos y pudimos dormir un par de horas. El tren avanzaba perezoso entre la niebla, se detenía cada dos por tres y nadie nos daba explicaciones. Así es la India, justo como la esperaba.
Llegamos a medianoche, cansados y somnolientos. Varanassi no ofrecía su mejor aspecto; la basura se amontonaba por todas partes y tuvimos que sortear los viajeros que dormitaban tumbados en el andén.
Ya en el hotel pasada la medianoche, nos dijeron que vendrían a buscarnos a las cuatro y media. La vida del turista es dura, y sus noches muy cortas…
La ciudad despierta muy pronto y antes de que salga el sol las calles se llenan de peregrinos camino del Ganges. Barcas y turistas se buscan en los ghats, esas escalinatas por las que se accede al río sagrado.

La ribera rebosa de actividad. Abluciones rituales, gente que lava ropa y otros que beben el agua aun a sabiendas de que está contaminada porque la fe es más fuerte que la razón.
Hemos salido de la maraña de barcas y remontamos el río.




La ciudad se asoma al cauce, con sus palacios y sus casas de huéspedes, muchas de ellas regentadas por extranjeros que decidieron quedarse. Más ghats, algunos decorados con brillantes colores.






El gobierno ha instalado algunas plantas incineradoras para los más pobres, para los que no pueden permitirse comprar madera ni el carísimo sándalo. Seguimos entre la niebla, pero poco a poco la luz de la mañana se abre camino y nos invade.






El sol pugna por salir.





Vamos ahora río abajo, hacia los ghats de las cremaciones, donde nos piden que no hagamos fotos. Nosotros lo respetamos porque allí esperan pacientes los familiares a que se consuman las hogueras.