domingo, 27 de febrero de 2011

Tulum

Pensaba llevaros a Italia, a ver mosaicos, pero estos días he tenido que ir a Cancún por trabajo y he decidido recordar el viaje que hice por allí en mayo pasado.

Tulum está a unas dos horas en coche desde Cancún, en el estado mexicano de Quintana Roo. Aunque estábamos en la temporada seca, me sorprendieron algunos días de lluvia, así que cuando llegamos estaba todo encharcado. Fuimos de los primeros en sacar las entradas; luego irían llegando el resto de turistas.





La combinación de alta temperatura y humedad hizo que algo de agua se condesara en el interior del objetivo, así que tuve que esperar un poco a que la cámara se aclimatara.


El sol estaba justo enfrente, todavía muy bajo, de forma que no era fácil esquivarlo.


La mayor parte de los edificios corresponden al periodo postclásico de la cultura maya (ss. XIII-XV).



Se trata de un yacimiento pequeño, sobre todo si lo comparamos con Chichén Itzá o con Palenque, cuyo mayor atractivo es su situación junto al mar Caribe. Aquí adivinamos una playa paradisiaca detrás de estas palmeras.


El edificio principal es el faro, único en la cultura maya. La costa está protegida por una barrera de arrecifes y el faro marcaba el único punto de entrada para las embarcaciones.




Quedan algunas pinturas en un par de edificios, pero están bastante deterioradas.


Dicen que en esta zona se encuentran las mejores playas de México.



El camino serpentea alrededor del promontorio en el que se encuentra el faro.


Llegamos a otro mirador.



Y nos acercamos al faro.


Recomiendo madrugar un poco para ir un paso por delante del resto de turistas. Y llevar repelente para mosquitos. A la salida ya había bastante cola de gente para comprar las entradas. Recuerdo que encontré allí a unos españoles que luchaban denodadamente contra los tábanos. Creo que agradecieron que les diese un poco de mi Relec. Mientras ellos hacían cola y pasaban calor yo me volví a mi hotel y a la playa.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Serengeti III - Elefantes

Me vais a permitir una entrada más sobre este magnífico parque antes de hacer de las maletas en busca de otro destino.

Dejamos atrás la elegancia y la esbeltez de los guepardos para fijarnos en otro animal mucho más grande y pesado. Si por la mañana tuvimos el sol de frente, ahora se encuentra a nuestra espalda. Son las primeras horas de la tarde y la luz se refleja en un cielo con algunas nubes.




Una manada de elefantes se mueve despacio entre las acacias, arrancando grandes manojos de hierba con sus trompas y colmillos. Los hay de todos los tamaños, y unas cuantas crías corretean entre ellos, protegidas siempre por sus mayores. Parecen tranquilos y felices.



Están muy cerca, pero parece que van a lo suyo y que nos ignoran. Deben estar más que acostumbrados a las hordas de turistas. Los vemos pasar junto a los jeeps y somos conscientes de que podrían aplastarnos si quisieran.

Pero estamos demasiado ocupados, mirando a izquierda y derecha, sin querer perdernos nada, como para pensar en peligros. Es un espectáculo demasiado hermoso y los guías saben lo que hacen y se quedan a una distancia prudente.


Algunos se acercan tanto que nuestras miradas se cruzan por unos instantes.



Nos consta que hay otros parques en África con más elefantes, pero como es nuestro primer viaje estamos extasiados. Mejor así, mejor ir de menos a más.